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31 de enero de 2008

De una enfermedad como ser libre. Acerca de "Manifiesto sobre las tristes", de Mirna Estrella


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Pérez, Mirna Estrella: Manifiesto sobre las tristes
Barcelona, Atenas, 2008
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No hay día más adecuado para escribir sobre un libro que nos llaga los ojos y nos rompe las lágrimas que el día de la enfermedad. Y aquí me veis, envuelta en una manta y con toquilla y no soy de usar yo tales atavíos, pero la sangre de Mirna se me viene, como una lluvia estrecha y mentidamente fría sobre el pecho y la espalda y tiemblo. Ella ha abierto una ciudad enorme delante de mis manos y la leo de ahí, de mi propia herramienta –yo nunca supe hablar sino con el empuje de los lápices, la tinta o el teclado, el resto era mutismo, no tuve otra fe mayor que la de la palabra y ella ha puesto un altar encima de mis hombros y ha levantado lo único que yo consideré la fuerza, ha ido construyendo una piedra durísima de amolar, un filo de navaja en sus metáforas, un incendio en sus sílabas.-
Me descalzo; para pisar un templo, aunque sea profano, hay que entrar de puntillas y descalza, no se que despierte el dios que nos ocupa y comience su voz a levantar más mundos en nosotros y nos volvamos cuerdos. Los pies vueltos al fango, cruzo por sus paredes y la veo ya escrita, la veo ya tumbada delante de su madre, como una nueva suerte de matriuska que, en vez de perforarse en las entrañas, elige repetirse dentro de alguna fecha en que la muerte anide la hilera que las una; pero morir ya dijo, es olvidar. Ella quiere olvidar, quiere unirse a la otra para así desasirse de ese trono maldito de la madre lejana y así quiere romper en pedazos las sombras de su padre destruyendo, a su vez, el perfil de todas las mujeres. Es todo un ejercicio de deconstrucción, un grandioso ejercicio. Para borrar, Mirna, levanta minuciosamente cada detalle de su vida, cada detalle de su tremenda libertad, cada detalle de su dolor enorme de mujer que se le vierte en sangre entre las sábanas y en palabras abiertas y punzantes en medio de los folios. La miro y hay veces en que ella no es ella, sino Sylvia metiendo su cabeza en el horno o Alejandra pintando las casitas con solecitos altos de colores y luego envolviendo con sus lindos parajes el diminuto envase de Seconal; pero ella ha elegido una muerte distinta, morirá a los treinta, como muere en la alquimia el que sabe jugar y comprender los símbolos con tal de renacer a una nueva pantalla de la voz, con tal de incrementar en más amor el que hubo al salvar pequeños animales antes de accidentarse en bicicleta.
Así pues, Mirna, un día, con la luz, irá a por todos los fotogramas maternos y a visualizar todos los paisajes y a recorrer todas las pieles de los sueños y a erizar las montañas con su mirada y nos lo traerá todo hacia el olvido, hacia ese modo de memoria que se incrusta en la médula del tiempo y no se borra nunca.
Siempre me dije que la poesía no tenía ni tiene sexo, no escribimos con él y tan normal es ver a una poeta hablando de hierros, andamios, porcentajes, como a un poeta haciéndolo de medias, perfumes, maquillajes, pero a ambos les pido la dureza, la consistencia, la violencia verbal si es preciso. Eso necesito de las voces para que me llaguen, para que irrumpan en mi médula y la deformen de tal modo que deje de ser yo para entregarme al libro que me ocupa, y eso es lo que ha ocurrido, eso es lo que me ha hecho enfermar, abandonar hasta la última respiración en pro de habitarme de sus versos. Mirna ha conseguido, de ese modo, una transmigración, he sido ella mientras leía sus magníficas metáforas, sus tremendas imágenes, sus duras conclusiones, su universo.
Y así, llegando hasta el fondo de lo onírico, pero estando despierta –si es que se está despierta deshilándose desde la realidad al sueño, desde el aire al espejo, desde la propia sangre a la sangre materna, desde la soledad al grito-, Mirna maneja la palabra, la curte, la libera de ese terrible collar de lo ya dicho y la enumera de nuevo, se dice, se nos deja en las manos. Ella, la que sufre el dolor de un parto no enigmático, la que quiere envolverse en la piel tersa de un vientre que no es sino maternidad lejana y quiere acudir al útero de otra madre, la oscura, pero la cobardía es una enorme puerta que lo encierra, la enorme cobardía de ser valiente ahora y seguir recordando, aunque quiera no hacerlo, ella, la que baja hasta el pozo de la luz y se funde en sus aguas con otras más mujeres que clamaron y, a veces, ya lo dije, no sé a cuál escucho, no sé de cuál aprendo, no sé a quién dirijo mis palabras, porque este manifiesto es universal, es tremendamente suyo y tremendamente ajeno, es vida en sí, ella, se me vierte en las manos y no sé contenerla, no puedo contenerla, se me esparce, se me universaliza, se me convierte en ojo y me leo en sus versos.
Mirna ha amado, se ha dejado amar, ha comprendido que el tiempo tiene la eternidad de sus escasos minutos y segundos y entona un carpe diem, que es a su vez un tránsito al olvido, para dejar en nada lo pretérito y colorear la existencia y adornarla con sus fuertes vocablos, con sus cuchillos duros, con su música exacta, con las cifras. Mirna quiere morir, como murieron ellas y por eso su voz se junta al alarido de sus voces y se abre en colmena para que la habitemos.
Una escritura fuerte, como un parterre sobrio plagado de belleza, algo que llaga, porque ha de llagar la voz, algo que nos contiene y nos expulsa y nos convence tanto que no me duelen prendas para decirles definitivamente que Manifiesto sobre las tristes es un magnífico libro, a ser franca, de los que realmente gusta tropezarse en una librería y quedárnoslo. Y no crean que hay tantos, ustedes no imaginan la cantidad de veces que nos precipitamos en el horror de salir de uno de los mejores expositores del gremio sin haber conseguido hincarle el ojo a nada. Un texto solvente, arrasador, libre al máximo, magnetizado, que no nos permite soltar sus versos hasta el final.
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© Dolors Alberola
....Barcelona, enero, 2008.-

"Casi me mata la vida", de Lidia B. Biery


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Biery, Lidia Beatriz: Casi me mata la vida
Barcelona, Atenas, 2008
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Cada vez que leo un libro de poesía (no hará falta que aclare me refiero a un buen libro, pues a los malos tengo por norma cerrarlos sin ningún miramiento) me doy cuenta de mi ignorancia y de lo poco o nada que sabemos acerca de ese misterio llamado poesía.
¿Qué es poesía?, me pregunto una y otra vez. Y a mi memoria acuden las mil definiciones que, a través de los siglos, nos han complicado la vida y los versos, desde la farragosa Poética de Aristóteles hasta la parida presuntamente genial de algún joven iluminado. Las poéticas, como las frases célebres de Julio César (ya saben: alea iacta est y esas cosas) son al poeta lo que al político la fotografía: un pasaporte a la fama, la gloria, las próximas elecciones o el premio Viaje al Parnaso, con permiso de Rouco Varela y José Manuel Caballero Bonald.
Y por qué digo esto. Pues muy sencillo: porque los libros buenos no necesitan pedigree de ninguna clase ni árboles genealógicos ni parecido con el repartidor de butano. El poema –el buen poema, claro- es un hijo ilegítimo de su tiempo y, como dice el Evangelio, se alza contra su padre y madre y proclama su propio reino.
Para que esto suceda, desde luego, existen requisitos. Vayan tomando nota pues, al enumerarlos, empiezo a tomar tierra en la obra de Lidia Biery: la palabra precisa, el verbo imprescindible, el adjetivo revelador, una sintaxis limpia y, por encima de todo, ese soplo de vida que nace de la emoción y suscita emoción en los lectores: aquella honda palpitación del espíritu de que hablaba Machado, que no puede fingirse ni impostarse sin menoscabo de la estabilidad de todo el edificio poético; pues, si tal sucediera, chirriaría la música y, allí donde el discurso nombra al mundo creado –y ordenado- por elpoeta, hallaríamos tan sólo trepidación y, en suma, antipoesía; o, mejor dicho, no-poesía, que se me antoja más grave.
No es éste último, por supuesto, el caso de Lidia Biery, cuya obra poética, como antes apunté, está libre de cuantas tentaciones acechan al poeta y acaban marchitando el esplendor del poema.
Casi me mata la vida, conducido sabiamente por su autora, ha logrado mantener la dicción justamente en el fiel de la balanza y es hermoso y apasionante y excita a la razón y a los sentidos intuir al yo-lírico paseando por el filo de la navaja, sin dañarse los pies y, sobre todo, sorteando terribles peligros: pues caer hacia un lado implicaría morir devorada por los tiburones del patetismo y, caer hacia el otro, más de lo mismo, ahora fagocitada por las pirañas del grito. Pero no; afortunadamente –para ella, para el lector, para la poesía-, Lidia Biery es poeta de armas tomar y, enguantada de seda, conduce con mano de hierro el caudal de sus experiencias (incluyendo su arisco tropel de sentimientos) y ese ariete, implacable, pero frágil también, del lenguaje.
Qué bien sortea el exceso Lidia Biery. Domadora avezada de la expresión poética, hay que verla batiéndose con el potro de la emoción y, haciendo restallar la fusta de la ternura, someterlo, hasta reducirlo a una fórmula alquímica que convierte las lascas del dolor en el oro purísimo del poema.
Yo nací mientras la tarde descendía/ en hojarasca y el otoño colgaba/ sus huesos amarillos en la hierba. Así comienza el libro. A partir de este instante, la memoria –una invisible agonía, según la autora- se convierte en el guía que, como Virgilio en la Divina Comedia, acompaña a la poeta en su descenso a los infiernos: la vida. La vida es el infierno y transcurre con tanta rapidez que ni siquiera llena su propio vacío ni cauteriza, por descontado, las heridas que inflige: Yo no sabía que los años anuncian/ su fiereza con pintadas en el alma, leemos en otro poema; y cuando descubrimos que cada hora pasada fue mentira o que en la soledad –la puta soledad que nos devora- no hay palabras ni respuestas y que, en fin, la tristeza es una solterona insoportable/ que monta tiendas de campaña en nuestro techo, sólo queda el suicidio en la maleta o pactar nuevamente con tus sueños.
Y Lidia Biery pacta con sus sueños, que es –o a mí me lo parece- la opción del poeta. De su mano, que ahora no se llama Virgilio, sino Asterio, como el genial minotauro borgiano, abandona el infierno la voz lírica y, en brazos del amor, alcanza el Paraíso.
Ésta es la bella historia que, como en un mosaico, parecen susurrarnos al oído cada una de las teselas que componen el libro. La memoria, un magnífico hilo conductor, gestiona este paseo de fondo autobiográfico y tono confidencial, componiendo a su antojo los fragmentos mediante un hábil recurso, el flash-back, que agiliza y aligera el discurso, mientras, por otra parte, los tropos del lenguaje poético interponen un muro de contención al corcel desbocado que pugna, en ocasiones, por escapar del verso. Y es que Lidia B. Biery maneja el idioma con magistral desparpajo. No teme a las palabras, pero sabe tratarlas de vos o de usted cuando la oportunidad lo requiere y dar, en cualquier caso, un baño de frescor a la vieja lengua de don Miguel de Cervantes, inyectándole en los glúteos algún que otro modismo porteño o expresiones bizarras, que nunca vienen mal.
Lleva razón la autora: Suerte –nos dice- que una tarde el calendario/ hizo un alto el fuego en las ventanas de mi casa/ y me enamoré. Y a esa chingada de la vecina del primero, con sus chismes y malas artes, que le den por donde le duela.
Un libro muy hermoso este Casi me mata la vida. La vida mata siempre y mata de belleza la poesía: Tal vez los años sean un secreto doloroso,/no lo sé/ -yo tampoco- pero volviendo al tema de la vida, digo:/ Deja atrás a todo aquel que no te cree. Y el jurado creyó en este libro y así lo certifico con gozosa solemnidad. Ahora sí, la suerte está echada. Y el tiempo dirá siempre la última palabra.
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© Domingo F. Faílde
....Barcelona, enero, 2008.-

18 de enero de 2008

"Principio de la desolación", de Josela Maturana

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Maturana, Josela: Principio de la desolación
Jerez de la Frontera, EH Editores, 2007
Col. Hojas de Bohemia, núm. 14
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Leí, en cierta ocasión, que la buena poesía, lo mismo que el buen vino, entra suave, halaga al paladar y deja un excelente sabor de boca. De este modo –digo yo- no es difícil quedar enganchado a un buen libro y, como nos advierte Juana Castro en el prólogo, leerlo una y cien veces. Me estoy refiriendo, claro está, a Principio de la desolación, cuya autora, Josela Maturana, ha puesto en manos de EH Editores, que lo ha acercado al lector,
Que estamos ante un libro sorprendente –y hermoso, por descontado- lo advertirá enseguida quien se acerque sus páginas. En mi caso, confieso, lo que más me llamó la atención, conforme iba avanzando en la lectura fue su solvencia estética, sustentada por algo muchísimo más sólido que la mera prestidigitación verbal, que da lustre al poema, siempre a costa de la sustancia interna. El discurso poético de Josela Maturana se asienta sobre múltiples pilares; pero, puestos a resumirlos, el elemento que los aglutina es, sin lugar a dudas, el rigor de su construcción. Los poemas de Principio de la desolación se me antojan columnas, capiteles, que acogen la estructura de bóvedas y arcos, para configurar, finalmente, un perfecto edificio.
Ese anhelo de perfección, ese ahondar en la esencia de lo hermoso, puede incluso seguirse en los adjetivos que comparecen, significativamente, en el título de las dos primeras partes: Estricta pena, Puro deseo ..., reveladores de que la palabra –y muy en especial la palabra poética- es en sí acto, potencia y memoria de lo nombrado, de modo que precisa muy pocas alharacas para alumbrar y deslumbrar el mundo, ese mundo que todo buen poeta debe crear, erigir, sostener: ninguna, a ser posible, cuando el talento del autor es el más poderoso demiurgo.
Así es como yo he visto a Josela Maturana, cuya trayectoria he seguido con devoto interés, desde La vida inédita (1997) y Oficio del regreso –que le valiera, en 1999, el premio Carmen Conde-, hasta No podrá suceder (2007), pasando por la metafísica sutil de La soledad y el mundo (2000). Un camino de perfección, hubiera dicho Santa Teresa, que culmina por ahora en este Principio de la desolación, sumando a los demás algo que estaba ya incipiente en su obra anterior: la mirada (...y cuanto sé de mí lo debo a la mirada, leemos en un verso magistral). Una mirada que, siendo ojo sin duda, se comporta en el poema como un instrumento al servicio de la memoria y no sólo porque le suministre imágenes –lo cual es natural y poco destacable-, sino porque provoca, regula, aproxima, distancia, matiza y, lógicamente, imprime una mayor o menor subjetividad a lo recordado, convirtiéndose así en luz y guía de esa experiencia apasionante en que, al menos en este libro, puede llegar a ser el ejercicio de la memoria.
La memoria poética de Josela Maturana es totalizadora y abarca, por consiguiente, no sólo las secuencias de lo vivido, sino también sus ensoñaciones colaterales y las fuentes que las animan, ya sean de carácter literario o provengan del cine. Esta sabia amalgama da como resultado la síntesis de mirada y memoria que llamamos visión: la visión de la autora, que integra todos estos materiales en un amplio retablo, cuyas teselas, debidamente secuencializadas, componen un relato, y en él concurren técnicas propias de la novela –el flash-back, por ejemplo-, el cómic, las películas, etc., y también los recursos de la poesía.
La metáfora, desde luego, habida cuenta de que, en su conjunto, todo el libro lo es. O las imágenes de repetición, que apresuran o ralentizan el ritmo del discurso, según demande el tema. Pero, sobre todo, la sagacísima manipulación de la tradición literaria, que allega al lenguaje poético de este libro unos significantes de riquísimo contenido: me refiero al intertexto, un recurso muy peligroso, que aquí se utiliza atinadamente, unas veces tal cual y otras, en los casos mejores, como un gesto de inteligente complicidad con autores y estilos, sin olvidar el baño de frescor que propina a las jarchas, emparejadas nada más y nada menos que con los modernísimos ordenadores, mientras la Soria de don Antonio Machado, trenzada con el Romancero o las cantigas de amigo medievales, pone música a una Epístola irremediable, y la famosa pérgola de Jaime Gil de Biedma sirve su decorado en cartón piedra a los amores adolescentes y marca un tango el gesto del deseo...
Si el mundo de la infancia y los primeros balbuceos juveniles llena la primera parte del libro, la segunda, Puro deseo, nos remite a la idea cernudiana del cuerpo como objeto de aquellas preguntas cuya respuesta nadie sabe, quizá porque necesita el poema un cuerpo que evocar –nos dice Josela en otro verso magnífico- y, desafiando a Heidegger, un hombre es un lugar, pero no es tiempo [...] y los trenes se llevan la nada hacia el paisaje, ese inmenso escenario que, no conforme con enmarcar la vida, arropa la experiencia de la voz lírica y despliega ante los lectores unos cuadros bellísimos que, instantáneas tomadas por la autora, nos acercan reminiscencias pictóricas de Claudio de Lorena, Poussin, Reynolds, Constable, Turner... pasados, eso sí, por la lente de un tomavistas contemporáneo, capaz de ennoblecer el oleaje, los navíos anclados, las playas solitarias, las calles, los comercios, la acuarela que invade los huertos del invierno...
Realidad y deseo, felicidad y dolor son, sin duda, constituyentes fundamentales de la vida, asentada sobre el principio de la contradicción que, por lo que respecta a este libro, es el principio de la desolación, la mirada sincrónica y dual de la mujer que escribe y esa niña que, en su recuerdo, le va suministrando materias redentoras.
No es inocua la memoria. A la autora le duelen los recuerdos, presentados forzosamente como retazos de algo que pasó: un mundo decadente que, sin saberlo, se le fue de las manos, de la propia existencia. Y, como escribió William Wordsworth, la belleza perdura en el recuerdo, es decir, en aquellas materias redentoras que, por algún misterioso procedimiento alquímico, han obrado el prodigio y el retrato que aspira a ser sí mismo se ha convertido en poesía. De este modo, lo que el viento se llevó se transforma en una historia que pudiera explicar/ la razón de una vida en el único leguaje posible, pues el de la literatura es el de la creación y por eso la poeta mira la realidad construida debajo de todas las memorias, al tiempo que cercada por su propia conciencia, que ilumina lo creado.
También, de otra manera, el amor. Su continua presencia revela su importancia. Es un amor real, de carne y hueso, por más que se idealice o el deseo lo vista con galas de ensoñación. Así, lejos de veleidades metafísicas, es un muchacho mudo sobre el tiempo varado, que encarna en su misterio la tremenda vehemencia del deseo y el temor de no hallar lo que se busca: y líbranos de nuevo del amor imposible.
Voy terminando ya. Soy consciente de que Principio de la desolación es un libro tan denso como intenso y no puede, por tanto, despacharse con unas cuantas notas de lectura. Rico, proteico, riguroso en la forma y, desde luego, hermoso, estamos ante un texto que convence, es verdad, al tiempo que emociona y cautiva, quizá por eso mismo, escrito en un lenguaje de base coloquial que, sin embargo, no renuncia al halago de la palabra culta ni vuelve la espalda a la elegancia sintáctica. Un libro, en cualquier caso, para la reflexión y el goce, como es de rigor sean los buenos libros. Josela Maturana, como ya había anunciado en su obra anterior, ha encontrado, no hay duda, y lo diré con sus propios versos, el adjetivo vital de la belleza.
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© Domingo F. Faílde
...Jerez, enero, 2008

26 de octubre de 2007

'Nocturno parisino'. Presentación del libro "SEQÜANA BARROSA"


Futoransky, Luisa: Seqüana barrosa
Jerez de la Frontera, EH Editores, 2007
Col. Hojas de Bohemia, núm. 12

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Abro Sequana Barrosa y la veo cruzar. Su bicicleta tiene alas, porta alas de mimbre, de juncos de ribera, de sediciosa seda de Estambul. Es ella, me digo pronta. La conocí en palabras, nos cruzamos apenas unos correos, virtuales, vaya a saber, la única virtud le queda solamente a la palabra.
Viene bajando el río, zigzagueando el mapa de las eras, las costumbres atávicas del hombre, exprimiendo lugares y tiempos y lugares, tréboles de ayer y de hoy saltando entre sus manos de Eva tránsfuga de un Edén imposible. Ella lleva en los dedos las cuatro hojas de ese milagro a punto de extinguir, ya lo han dicho botánicos, junto al luronium natans, son especies que pueden fallecer, como mueren los versos lejos de las caricias de unas manos capaces.
Se acerca en bicicleta, tiene heridas París de sus ruedas inmóviles, tiene arrugas París, porque Luisa pliega sus calles y sus tiendas, sólo para mostrarnos que existen otras torres de suburbio, que el vino sube a mesas a cantarle al oído, que la verdad no existe y podemos hacer con ella unos Elíseos, una tumba a la guerra o lo que venga en gana.
Llega sonriente, perforando ese frío de ciudad que se viste de campo los días más festivos. Se detiene y contempla los viejos tenderetes de aquellos bouquinistes a la orilla del agua. Coge de allí unos libros, los desnuda, los mezcla, los teclea a jirones y, dándoles el aire de su voz, convierte sus mil textos en poemas.
Hay que cocer poemas, hay que hacer que el poema sea hijo de la verdad e hijo de la farsa, del cine, hijo también del arte, de la piedra, del mármol, de aquellos monumentos de ciudades lejanas por donde ya pasó Futoransky, tomando fotografías, datos, cifras de muertos, aquelarres. Hay que hacer que el poema sea poema y a la vez no lo sea, porque en la irrealidad de todo está lo más real. En la noche, los sueños, la libertad, la vida. Hay que hacer de chistera. Ella abre la cesta que lleva en su rodar y saca alegremente la capa y el sombrero y la capacidad de convertir el tiempo en un conejo que llega hasta Caen, donde la actual Abadía de los hombres, hasta Pekín; se recorre la vida y va de Pe a Pa hasta dar con el río de la idea y aniquilar distancias.
De pronto mira el Sena, lo ve como un espejo y está detrás Irlanda y hay un bufón, lacayo y cantor del serrallo presidencial francés y pedalea y Naxos aparece como un terrible juego de abalorios y ahí revuela un loro que canta y que repite, tenazmente, el nombre del amante que no precisa dar nombre a la beldad, a la verdad de ser sencillamente bohemia y lacerantemente poeta.
He aquí una poeta, se escucha entre el murmullo que asiste a los domingos de frío de París. He aquí una poeta, ya se dijo con grandes titulares llegados de la France Press.
-Esta mujer, ahí donde la ves, pedaleando con enaguas de crinolina por los viejos Boulevards, es poeta -dijo Madame Feraud, delante de unos textos de Sófocles y Homero-.
-Su poesía es fruto de una nebulosa intelectual -aseveró Michel, signándose tres veces ante un virgencita tallada exactamente para los desesperados- y, como tal, espera, bebiéndose el Negroni en la Piazza del Popolo, a que llegue el Apocalipsis.

Va anocheciendo, en París anochece temprano, los bares se retiran casi a hora de clueca y el Sena ha de inventar sus historias nocturnas para arrancar su soledad. Bajo la oscura estera del vacío cruza un tren en la noche de otoño, porque en París los meses han decidido juntos un trueque en sus horarios y arrastran suavemente las manos de Perón que siguen conversando con las otras del Che.
De pronto, Luisa toma unos apuntes que ha de tipear y se le mezclan siglos, iones, lenguas, palomas, guitarras y roperos y la voz de Ezra Pound y el grito de Filippo y la Pampa; y teclea a derecha y baja y adelanta los puntos suspensivos, guión alto, un vacío. No es preciso medir, el poema se escapa, se esta yendo a su aire y la gente pretende la libertad, lo libre, un poquito de hielo y unas gotas de azul libertinaje y que no suba más la gasolina. Y ella escribe, amparada, qué digo, buscando en el amparo a los monjes del Císter, que viven como horas bajo el cielo nocturno, como cluecas cantando debajo de las sayas de la Virgen, como nómadas siempre de una historia a otra historia, en libros repetidos como los viejos cánones de la Iglesia.
Y ahí, como sucede en el Quijote, pero no con un burro sino con un animal de industria y pedaleo, se le pierde la bici, se le aduerme la rueda de la sombra, se le desvía el metro y regresa paseando hacia el Centro Pompidou. Deshace la memoria, porque en recordar consiste saber lo que olvidamos, en olvidar se aprende nuevamente un lenguaje; reconstruyendo, vamos levantando la mística ciudad y dudando sabemos. Sabemos del ayer que nos muestra las cosas y decimos: no es posible, no veo a Remedios la bella levitando, no creo que Borges no encontrara a aquel crucificado al fin, no sé si la verdad tan sólo es relativa, no caigo, ahora mismo no caigo, no entiendo de qué vientre nacieron tantos hijos ni qué padre cubrió a aquellas criaturas del Edén ni qué serpiente hablara -para luego callar en stand-back- ni qué hombres bajaran, qué hijos de los dioses, de qué imperio, de qué lugar ajeno aún a la Nasa se mezclaron con qué, o qué visión tuvimos, entre vinos de Italia y españoles, con el Mosel del Rhin y el vinho verde, que nos hizo cainitas, poetas, soñadores, como a Luisa. Enormes trasgresores, cultos, atiborrados, plenos de manzanas y en cueros, en cueros siempre, desnudos siempre, enfebrecidos siempre, con esa hilaridad del que nos cuenta algo y ese algo no tiene sino la violencia de existir, la precisión de hacerse a nuestra imagen, de ser cierto.

Abro así, definitivamente, Sequana barrosa y penetro en el verbo de la deidad, me acerco hasta su oráculo. Subo a la embarcación que hay bajo sus pies y veo los escritos, no sé si un poemario, no sé si un codicilo, no sé si es un grimorio, no sé si otra manera de entreabrir una lumínica cajita de Pandora y me sumerjo en sus páginas. He viajado mucho, he conocido mucho, he leído en las manos de Luisa las letras de los clásicos, he aprendido París, otro París distinto al de la voz de Piaf, pero la misma música; al de los violinistas, pero de igual madera. Me he sentado en las calles en donde retozó la Maga de Cortázar, me he inundado la sangre de todo lo que es sangre, de todo lo que es letra, de todo lo que es filo cortante, de poesía.
Cuando leáis la obra, no la miréis distinta por la táctica, no la nombréis distinta por el metro, no digáis qué horizonte separa la poesía en prosa de la prosa poética; vivid aquí París, bebed aquí París, fornicad en los versos de París. La noche, hasta en Pigalle, es un molino y gira, la vida es un molino, la palabra se vuelca y se contiene, la poesía es diva y ha salido a entonar en las manos de Luisa un cancán, a mostrarnos sus muslos, a zaherirnos.
Detrás de las vitrinas de los versos están ellas, las musas más procaces, las putas más angélicas, las letras más hermosas con pechos ateridos de amor. Entrad, el libro es joven. Comprad, la noche es larga. Escuchad, disfrutad del verbo y de la carne. Abrid vuestras entrañas a aquellas que se ofrecen. Esto es Pigalle, señores y el que no participa no sabe qué es la noche y pierde la ilusión de ver la vida.
No os detengáis, oíd, la libertad empieza en su palabra, nada tiene valor si no se escandaliza a nadie. Hale hop, al salón, a escuchar la dulcísima voz de la oráculo, la poesía está luciéndose más ataviada y más desnuda que nunca esperando unos ojos carnales que la miren.
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© Dolors Alberola
Jerez, octubre, 2007

EL BLUES DE TRISTÁN



Bucher, André: El blues de Tristán
Traducción y postfacio de Carmen Torregrosa
Madrid, Ed. El Funambulista, 2007

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.En una granja perdida en los Alpes de la Provenza, Tristán es testigo con seis años del asesinato de su madre por unos desconocidos. Será un joven Tristán, que pronto saldrá de la cárcel en la que ingresó por haber matado a su vez a los agresores de su madrastra, quien nos narre la historia de su vida, una vida en la que los pájaros y la naturaleza –dura, magnífica, omnipresente– son su único consuelo. Y nos la cuenta como si de un blues se tratara. Como bien dice en su postfacio Carmen Torregrosa, traductora de esta obra llena de imaginación verbal y de contenido lirismo: “Porque un blues es en definitiva esta novela, un largo blues púdico y melancólico, pero también lleno de humor y de poesía. El blues de Tristán el Triste, que bien podría desarrollarle, como ha dicho el propio autor –gran lector de Rick Bass, Jim Harrison y los escritores amerindios– en una granja de la Luisiana, en delta del Missisipi, entre aguas lentas y campos de algodón”.
Novela de iniciación, melancólica y punzante, El blues de Tristán, segunda obra publicada de André Bucher, escritor tardío y agricultor biológico en el valle de Jabron, obtuvo el Premio Terre de France-La vie 2004, y es tanto la historia de unos personajes duramente golpeados por el destino como la de un mundo rural que se resiste a desaparecer.
André Bucher nace el 12 de julio de 1946 en Alsacia (Francia). Desde niño ayuda a su padre, agricultor aficionado, a cultivar el campo. Con la entrada en la adolescencia y pese a sus buenos resultados académicos, se inclina por la formación profesional. Autodidacta, ejerce numerosos oficios en la más pura tradición beatnik: camionero, leñador, estibador, pastor… Viaja mucho. A principios de los setenta se interesa por lo que se convertirá en su profesión y su pasión: la agricultura ecológica. Desde 1974 vive en Montfroc (Provenza), en una granja a 1.100 metros de altitud, donde se gana la vida como agricultor y leñador, siempre comprometido con el medio ambiente y los intereses de los campesinos. Hace más de veinte años puso en pie la mayor feria ecológica de la región y plantó con cuatro compañeros más de 20.000 árboles en dos años, levantando un bosque que mantiene y contempla con orgullo como regalo para futuras generaciones. Está casado y es padre de tres hijos y nueve manuscritos de los que en francés se han publicado cuatro, con éxito de crítica y de público: Le Pays qui vient de loin (2003), Le Cabaret des oiseaux (El bues de Tristán- 2004), Paus à vendre (2005) y Déneiger le ciel (2007).
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Redacción.-

21 de junio de 2007

"NO PODRÁ SUCEDER": La imposible realidad de Josela Maturana



- Maturana, Josela: No podrá suceder
Algeciras, Fundación Municipal de Cultura, 2007
Colección Bahía, núm. 40


Quizá sin proponérselo, fue Cernuda quien, debatiéndose entre la realidad y el deseo, colocó la poesía en el plano de éste, abriendo para ella interrogantes cuya respuesta –dijo- nadie conoce. Explorarlos, adentrándose en un terreno de imposibles certezas, constituye desde entonces un ejercicio apasionante y un reto tan difícil como aventurado, al que muchos poetas no se han querido sustraer.
Es el caso de Josela Maturana que, desde su retiro de San Fernando, alejada del tráfago de capillas y banderías, ha venido edificando una obra coherente, sólida y hermosísima, capaz de resistir los embates del tiempo y los sordos ataques de la mediocridad. Su trayectoria, breve pero firme e intensa, se asienta en la solvencia de su palabra cuanto en el rigor de sus construcciones y está jalonada por reconocimientos tan inequívocos como el premio Carmen Conde (con Oficio del regreso; Madrid, Torremozas, 1999) o la proeza de haber colocado La soledad y el mundo (Madrid, Visor, 2000) en la final, siempre reñida y polémica, del Ciudad de Melilla. Antes, en la ciudad de su exilio, había publicado La vida inédita (1997). Equipaje con creces suficientes para saltar el muro de las antologías que, como señaló Gil de Biedma, constituyen un pasaporte a la inmortalidad.
No podrá suceder, ganador de la última convocatoria del premio Bahía (Algeciras, FMC, 2007), nos conduce a un espacio más lejano, si cabe, que el de las célebres preguntas cernudianas, al emplazarse directamente en el territorio de lo imposible.
En la cita inicial, nos anticipa María Zambrano la que, a lo largo de sus treinta y tres poemas, será clave del libro: todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás. Nos encontramos, pues, en el complejo espacio de la realidad ontológica, que no deja a la voz lírica sino un leve resquicio para la lucidez: el presente, fugaz, como sabemos, e inaprensible acaso.
Instalada en su devenir, afronta la poeta dos ámbitos imposibles: la memoria, por una parte, que congela el pasado y lo revive, y el futuro, por otra, absolutamente desconocido e imprevisible.
La memoria, sin embargo, nos suministra imágenes de la realidad, pero no es, en modo alguno, la realidad, que nos muestra impregnada de nuestras propias fantasías, fabulada –en suma- por el sujeto: Por la escalera de la memoria umbría/ desciende el lento polvo de una fábula/ arrastrando su cola de deseo,/ su enigma y su proverbio irrefutable,/ con mirada de perro abandonado –escribe al respecto la autora-.
El futuro también es ficción y se define, en oposición a lo recordado, como el ámbito de lo incierto, pero a su vez de aquello que, posible, lo es únicamente en el deseo, en el sueño, en lo desconocido. Y, en tanto que potencia, aparece como imposible en el espacio de la realidad. Josela Maturana, en el precioso e inteligente poema (Incertidumbre en la hierba) que abre la segunda parte del libro, lanza un órdago a Wordsworth, enfrentando a su esplendor de recuerdos románticos la íntima rotura del olvido y escribe: Entonces (…)/ qué nos queda de la lúcida rebelión o del museo de cera/ donde duermen los autos de los sueños.
Entre lo inalcanzado y lo incierto, la poesía nos brinda el único instrumento y nos señala el único camino para movernos a través del tiempo y crear en el poema un conato de realidad en el cual lo imposible se materialice para añadir más sueño a lo imposible (si se nos permite la redundancia de la cita).
Cuáles sean las fuentes de nuestras percepciones es cuestión de difícil y acaso inútil resolución cuando habla el poeta desde los sentimientos y fija la mirada en el objeto de su ternura: La multitud es una niña triste,/ pero nadie la ve./ Nadie la ve –leemos en el emocionante Tres partituras para una niña eterna-. O bien este guiño a Vicente Aleixandre: Antes de que termine la película ya sabes el final./ Se querían. Se querían./ No debieron morir. La muerte es, en efecto, el horizonte de nuestras certezas.
Estamos ante un libro profundo, misterioso, de hondísimo calado, en el que la experiencia se depura hasta límites insospechados, para al fin trascenderse en conocimiento y tornar a su origen, transustanciada, por medio de la palabra; una palabra que nombra y, sobre todo, sugiere, arañando la niebla, el secreto misterio de todo lo imposible.
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© Domingo F, Faílde
Jerez, junio, 2007

26 de mayo de 2007

Tierra, mundo y poesía: “Habitación en la tierra”, último libro de Julio Rivera

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- Rivera, Julio: Habitación en la tierra.
Jerez, EH Editores, 2006.
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Confieso que, ante el título del libro, sentí cierto recelo. Habitación en la tierra mostraba a todas luces una enorme proximidad a aquella Residencia en la tierra, que firmara en su día el inolvidable Pablo Neruda. Pronto, no obstante, deseché mis cautelas sobre el particular, al comprobar, golpe a golpe y verso a verso, que poco o nada tenían ambos en común, a no ser esa honda palpitación del espíritu en que, según Antonio Machado, se asentaba el misterio de la poesía.
Desterremos, por tanto, la inútil tentación de comparar, si bien me gustaría, por colocar las cosas en su sitio, detenerme en una sencilla cuestión de matiz, que termine de deslindar ambos libros. Y es que si habitación y residencia son palabras sinónimas, existen en origen algunas diferencias que, en el caso que nos ocupa, contribuyen a singularizar uno y otro discurso, conduciéndolos por cauces muy distintos. Residir –según el diccionario de la RAE- significa, entre otras acepciones, estar establecido en un lugar, frente a habitar, que, en su sentido más ecológico, significa vivir, morar. Así habrá que entender esta Habitación en la tierra, concebida como el espacio intrínseco de la vida, acaso el único posible en la vastedad del Universo.
Julio Rivera Cross (Jerez de la Frontera, 1943) pertenece a una casta de poetas de raza, para quienes la obra literaria no puede permitirse lagunas ni flecos. El más alto rigor estético convierte, pues, su pluma en gubia y esculpe, de este modo, sus sintagmas, sus versos, los poemas, piezas perfectamente construidas sobre cimientos tan sólidos como simples: el corazón, el pensamiento, el lenguaje.
De ahí que el propio título, más que una referencia, sea un significante. Al mirar la cubierta, nos encontramos ante un distribuidor, del que parten pasillos (las cuatro divisiones del libro) que llevan al lector a las distintas estancias del edificio: los poemas. La estructura, en sí misma, posee, ya de entrada, un carácter simbólico, que incide sobre la idea central del discurso: la tierra es el espacio de la vida y el hombre, al habitarla, la ha convertido en Mundo, esto es, en objeto de conocimiento, estableciéndose entre ambos una suerte relación interactiva, transformadora y creadora. En suma, un verdadero milagro cósmico, que la ciencia analiza, la técnica transforma y el arte, la poesía, celebran y trascienden, generándose así un movimiento dialéctico cuya expresión natural es el tiempo, frente a lo cual la muerte abre un raro portillo hacia la eternidad.
El poema inicial anticipa al lector el plan del libro. Nos hallamos ante un canto órfico en el que la naturaleza, a través de las criaturas, los elementos, las cosas, glosa su propio orden, su triunfo sobre el caos. Y son ellas –las criaturas, como en el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz- las que, al dar testimonio de sí, testifican el todo. Es un poema de celebración geocéntrica: la tierra se hace Mundo porque la habita el hombre y, como ya hemos dicho, la erige en objeto de conocimiento. Todo en ella es armónico, coherente, un instante que busca eternizarse más allá de la muerte.
No es de extrañar por ello que la primera estancia la habiten los cuatro elementos constitutivos. A la manera de los viejos filósofos presocráticos, Rivera Cross los hace aparecer, uno a uno: la tierra, identificada con la carne del hombre; el agua, sangre o fluido del mundo, al que, no obstante, esculpe con cincel erosivo; el aire, respiración del mundo y sustancia que llena el espacio vacío; y el fuego, la energía, creadora o destructora según los casos. A ellos, por que no todo sea material y tangible, ha añadido el poeta la noche, esa soledad honda/ que fue presentimiento, cuyo correlato hay buscarlo en la incertidumbre, pero también en el sueño, que da paso a la luz de cada día, anunciada por el trinar de los pájaros (Llegan a mi jardín, tal vez el mejor poema de la primera parte), cuyo canto celebra la realidad que la luz ilumina.
Todo transcurre, pues, en armonía, pero ésta no es sino mera apariencia, resultado del conocimiento que ordena las cosas, lo cual, sin embargo, desvela la inquietante presencia de la muerte y la barroca fugacidad de la vida. Tratando de burlarla, el hombre inventa el arte, haciendo que las cosas trasciendan su esencia de utensilio. A través de la contemplación de una crátera griega (En el museo, otro poema glorioso), el yo-lírico descubre la historia, la caducidad de todo cuanto existe, en tanto un cuadro célebre, la Vieja friendo huevos, de Velázquez, muestra la posibilidad de detener el instante, apresando así lo fugaz. Y, por si hubiera duda, el poeta nos lleva a las ruinas de una catedral: todo es desolación, es cierto, pero ahí está, ahí queda, como testigo mudo de sus constructores; en su patetismo –dice Julio Rivera- hay un esplendor que conmueve.
Tras Un cántico esencial, en torno a la poesía y el lenguaje, un poema –extrañamente segregado de su propio capítulo- pone broche de oro a la segunda parte: La luz, grande en su sencillez, construido sobre una anáfora que convierte el título en resplandor. Se trata, sin duda, de un texto iniciático, una especie de mantra o salmodia, con el que hombres y cosas, vivos y muertos piden luz.
Sin olvidar que el arte es hijo de la técnica, el tercer apartado nos conduce a las cosas cotidianas. Si el mundo es una casa, es preciso adaptarlo a la necesidad de sus moradores. Los objetos que nos son familiares constituyen en sí un canto a la experiencia y al trabajo (Nuestros pequeños mundos, otro poema recomendable), pues en ellos reside la verdad, cubierta, desde luego, por el polvo, la débil túnica con que el tiempo viste las cosas.
Para cerrar el libro, el poeta da un salto hacia lo abstracto. De lo concreto, en fin, a la metafísica, buscando una noción de trascendencia que no acaba de definir. Josefa Parra Ramos habla en el prólogo de esa búsqueda que queda, sin embargo, en mera indagación, y digo yo si no es deliberado que el autor, en un alarde de inteligente prestidigitación, haya arañado la niebla –no es la primera vez que aludo a Machado- para enseñarnos sólo los rasguños y hacernos intuir que, en definitiva, en el umbral del sueño/ muestran los nombres lo que no se nombra y que acaso la eternidad sea tan sólo y no es poco la liberación del dolor y de las servidumbres de la vida.
Hay en el libro mucha sabiduría, tributaria de la experiencia, más que de una erudición que se da por supuesta. Como Juan de Mairena, Rivera, también compositor y letrista de canciones flamencas, ha desnudado el texto, lo ha descarnado incluso, para llegar a la esencia de lo nombrado y al misterio inefable de lo callado. Como los alarifes de otro tiempo, elabora el discurso con la piedra pulida de la palabra, sin más ornato ni adjetivación que lo elemental. Metáforas, símiles y algunas prosopopeyas, introducen la nota extrañadora, el toque de maestría.
Y el resto, transparencia.
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© Domingo F. Faílde
Jerez, mayo, 2007.-